Super Mario 3D World + Bowser’s Fury es uno de esos juegos que vuelve a recordarte por qué Nintendo sigue siendo la reina cuando se trata de reinventar sus propias ideas. Desarrollado por Nintendo EPD y publicado por la propia Nintendo, esta versión llegó a Nintendo Switch el 12 de febrero de 2021, rescatando el 3D World original de Wii U y añadiéndole esa rareza experimental llamada Bowser’s Fury que casi parece un adelanto de lo que podría ser el futuro de Mario en 3D.
Lo interesante es que no se siente solo como un port. Es más bien una mezcla entre nostalgia, experimentación y una excusa perfecta para volver a poner sobre la mesa un plataformas que, por culpa de Wii U, mucha menos gente jugó de la que debería. Desde que lo arrancas ya notas ese toque brillante y juguetón tan propio de Nintendo, pero también ves pequeños destellos de ambición que no estaban tan claros en la versión original.
Es un pack curioso, porque combina un juego modular y súper pulido con una mini aventura que intenta abrir caminos nuevos. Y justo por eso, analizarlo es tan divertido: tienes lo clásico, lo experimental, lo que funciona… y lo que no tanto.

Una historia de trámite que cumple sin sorprender
La trama aquí es el trámite más simpático del mundo, pero trámite al fin y al cabo. Nintendo ni siquiera se molesta en esconderlo: aparece la Hada Verde, Bowser hace de Bowser (o sea, secuestra lo que se mueva), y Mario y compañía saltan a un mundo nuevo para rescatarla. Y ya. No hay desarrollo, no hay giros, no hay construcciones épicas… es literalmente un “oye, tenemos un nuevo mundo lleno de ideas jugables, inventa cualquier excusa para meter a los personajes ahí”.
Pero ojo, que sea trámite no significa que esté mal. Funciona porque el juego no pretende venderte una historia profunda, pretende soltarte en un parque de atracciones de plataformas donde cada nivel es una idea nueva. Eso sí, si me preguntas si aporta algo realmente memorable… pues no, no te voy a mentir: no aporta nada. Es el tipo de historia que olvidas en cuanto pulsas Start, porque lo importante es lo que viene después.
Eso sí, algo que sí agradezco es que el planteamiento te mete directamente en materia: mundos coloridos, niveles rápidos, habilidades nuevas… es un arranque sin rodeos y bastante más directo que la típica “Princesa Peach secuestrada”. Pero vamos, tampoco esperes que la historia te motive; lo que te arrastra es la jugabilidad.
Un desfile de ideas tan brillante como efímero
El juego tiene esa estructura modular que parece tan simple pero que está pensadísima al milímetro. Cada nivel se siente como un mini experimento: una mecánica, una idea visual y un par de variaciones. Y lo curioso es que Nintendo no se encariña con nada. Te presenta algo que podría dar para un juego entero de cualquier otro estudio… y aquí lo usan durante tres minutos y lo tiran por la ventana como si nada. Es una locura creativa, y también un arma de doble filo.
Por ejemplo, tienes secciones que juegan con la perspectiva isométrica, niveles que se mueven al ritmo de una banda sonora que marca plataformas, secciones de velocidad con Plessie que parecen una montaña rusa, y otros centrados en precisión pura que te obligan a medir cada salto. Incluso los niveles de Captain Toad rompen totalmente la fórmula, convirtiéndose en pequeños rompecabezas sin saltos. Esa diversidad mantiene el ritmo a un nivel altísimo.
El poder felino, el traje de gato, también influye muchísimo en el diseño. No es solo una skin; literalmente reescribe cómo se plantean las rutas, cómo subes paredes, cómo encuentras secretos… y eso hace que muchos niveles tengan doble lectura: la del jugador normal y la del jugador que exprime las habilidades. En ese sentido, el juego está lleno de pequeñas rutas alternativas, plataformas escondidas y zonas pensadas para premiar la exploración curiosa sin romper el ritmo principal.
Pero claro, ahí llega el “pero”. Este frenesí de creatividad está genial, pero también provoca que algunos niveles se sientan un poco superficiales. Como si la idea fuera tan buena que te quedas con ganas de más, pero te la enseñan y te la quitan demasiado rápido. Nada llega a desarrollar una mecánica hasta el extremo. Comparado con Mario Galaxy, donde cada nivel se exprimía más, aquí todo sigue siendo divertido, sí, pero menos memorable en algunos casos.
Y por supuesto, está el tema del ritmo de dificultad. La curva es suave, a veces demasiado. El juego no te mete presión hasta bien avanzado, y cuando empiezan a llegar niveles de verdad exigentes… casi te lo estás acabando. Para muchos, la dificultad real está en los mundos extra y en la búsqueda de las estrellas verdes y sellos, no en el recorrido principal.
Aun así, donde 3D World destaca de verdad es en su capacidad para sorprender constantemente sin romper la coherencia interna. Es un festival de ideas, rematadas con una claridad y un control que ya quisieran otros juegos de plataformas.


Cooperativo brillante en el sofá… y caótico en internet
Jugar en cooperativo local en Super Mario 3d World sigue siendo la forma más divertida y fiable de disfrutar el juego. En persona todo fluye sin un solo problema: los controles responden bien, el caos entre jugadores es natural y hasta los niveles más simples se vuelven un desastre divertidísimo cuando alguien empuja a otro sin querer o roba un power up en el peor momento. Es el tipo de juego que brilla cuando hay gritos en el salón y risas por culpa de un salto mal medido. Se nota que el diseño de niveles está pensado para que este caos funcione y no rompa la experiencia.
Cuando hablamos del online, aquí toca apoyarse en lo que comenta la comunidad, porque por desgracia es un tema bastante unánime: la experiencia es muy irregular. Hay gente que dice que les va sorprendentemente bien y que pueden jugar partidas bastante estables, pero también hay un montón de jugadores que cuentan que sufren lag constante, saltos que responden tarde, personajes moviéndose a tirones y físicas que parecen impredecibles. Y claro, un plataformas tan basado en precisión no perdona este tipo de fallos. Muchos jugadores describen momentos en los que el lag es tan evidente que literalmente te saca de la partida y te dan ganas de apagar la consola porque no es cuestión de habilidad, sino de conexión.
Esto afecta directamente a cómo se sienten los niveles. En solitario los niveles están perfectamente medidos, todo va fino y el ritmo está súper bien calculado. En cooperativo local, ese diseño cambia de forma orgánica: plataformas estrechas se vuelven caos por culpa de los empujones, zonas amplias cobran sentido para que no os estorbéis, y cualquier mecánica de coordinación genera risas y momentos de tensión sana.
Bowser’s Fury es ambición pura con el tamaño justo para saber a poco
Bowser’s Fury es una mezcla rara entre expansión, experimento y boceto de futuro. Por un lado, se siente fresco: un mundo abierto pequeñito, movilidad muy libre, montarte en Plessie para ir de isla en isla, desafíos rápidos… hay ideas que parecen sacadas de lo que sería un “Mario Odyssey 2” en fase de pruebas. Pero, al mismo tiempo, también huele a “teníamos algo medio hecho, lo pulimos un poco y lo metemos como extra”. No llega a sentirse como un juego completo porque no lo es, pero tampoco es una simple demo técnica. Está en un punto intermedio bastante curioso.
La duración real deja clara esta sensación: si vas al grano, te lo puedes pasar en un suspiro. Si decides conseguir todo sin prisa, te dura algo más, pero no lo suficiente como para sentir que has jugado a una aventura completa. Es más una experiencia compacta que un juego de Mario de verdad. Divertida, sí, pero corta… y corta “a propósito”.
La repetitividad de los objetivos es otro punto donde se nota que la fórmula aún no estaba completamente cocinada. Muchas islas repiten la misma estructura una y otra vez: consigue el Sol Felino resolviendo un mini-puzzle, vuelve más tarde para la versión “sin morir”, luego otra en formato contrarreloj, luego recoge los cinco fragmentos… al final se siente como una checklist que se repite con skins diferentes. Entretiene, claro, porque el movimiento en 3D es muy bueno, pero llega un momento en el que ves demasiado claro el patrón.
Y ahora viene el famoso ciclo de “Bowser enfadado”, que es la parte más llamativa… y también la más discutida. Al principio es un subidón: la música cambia, el cielo se vuelve oscuro, Bowser sale como si se hubiera tomado cinco cafés y una mala noticia, y tú tienes que improvisar. Es caótico, espectacular y un giro de ritmo muy bienvenido. Pero cuando llevas un rato, este ciclo empieza a sentirse como un invitado pesado que llega sin avisar. Hay momentos en los que estás haciendo un puzzle tranquilo y zas, Bowser decide que es hora de interrumpirte. Al principio mola la tensión, pero después de un tiempo se vuelve más molesto que emocionante, sobre todo porque rompe el flujo constantemente.
Lo bueno es que Nintendo te obliga a adaptarte, y eso está genial. Lo malo es que esta mecánica, por repetitiva y por frecuencia, acaba perdiendo impacto. Funciona mejor en pequeñas dosis que en un ciclo constante como el que tiene.
Arte atemporal con pequeñas grietas del pasado
Hay juegos que apuestan por un estilo visual realista y otros que, como este, se apoyan en una estética tan clara y colorida que prácticamente se vuelven inmunes al paso del tiempo. Aquí todo entra por los ojos desde el primer momento: colores vibrantes, formas redondeadas y una dirección artística que apuesta por la legibilidad por encima de la complejidad. Cada nivel se entiende al instante porque todo está diseñado para que nada distraiga y todo guíe. Es un estilo “de juguete”, sí, pero de los que siguen funcionando igual de bien diez años después.
Las animaciones siguen esa misma filosofía. Son expresivas, exageradas y aportan personalidad a cada personaje. Mario se mueve con esa elasticidad clásica, Luigi tiene su toque torpe, peach flota con suavidad… y el traje de gato es uno de los mejores ejemplos: no solo queda bien, sino que transmite sensación de agilidad y hace que cada movimiento sea más divertido de ver. Incluso los enemigos más simples tienen gestos y reacciones que les dan vida.
La iluminación, aunque sencilla, está muy bien pensada. No busca realismo, sino reforzar los colores y textures para que cada escenario tenga claridad y encanto. En las fases nocturnas o en niveles con efectos especiales, el resultado sorprende más de lo que esperarías de un motor tan compacto.
Eso sí, para estándares actuales, hay detalles que cantan un poco. Algunas texturas son demasiado planas y ciertos fondos se sienten vacíos si los miras con lupa. La geometría es simple, muy marcada por la herencia de Wii U: superficies limpias, pocos detalles finos y escenarios que priorizan la función sobre la estética pura. No afea el juego, pero sí recuerda que viene de una generación anterior.
En Bowser’s Fury, el salto visual es evidente. La iluminación más contrastada, los efectos de tormenta y el diseño más imponente de Bowser gigante aportan un toque más moderno y dramático. Aun así, se nota que está estirando un motor que no nació para un mundo abierto, y algunos elementos repetidos o demasiado simples quedan más a la vista.


Un motor sólido en 3D World frente al esfuerzo al límite de Bowser’s Fury
Super Mario 3D World en Switch es prácticamente impecable en lo técnico. En dock se mantiene a 1080p, en portátil a 720p, y lo más importante: los 60 fps no se inmutan. Da igual cuántos enemigos haya, cuántos jugadores participen o cuánta acción haya en pantalla, el motor ni pestañea. Los tiempos de carga también son rapidísimos, casi instantáneos, algo que encaja perfecto con el ritmo del juego. Se nota que el motor fue diseñado para niveles cerrados y controlados, y en Switch funciona como si fuera de casa.
Cuando saltamos a Bowser’s Fury, se ve rápido que Nintendo está apretando el motor más de lo habitual. La resolución en dock es dinámica y a veces cae lo suficiente como para notar que la imagen pierde nitidez, especialmente cuando Bowser aparece con su tormenta gigante. El frame rate lucha por mantener los 60 fps y la mayoría del tiempo lo consigue, pero hay pequeñas bajadas en zonas más abiertas o en momentos cargados de efectos. No es algo que arruine la experiencia, pero sí contrasta con la estabilidad de 3D World. Los tiempos de carga siguen siendo cortos, aunque aquí ya se notan mínimamente más cuando cambias de zona o reapareces.
Y la comparación entre ambas partas es clara: 3D World está construido para escenarios compactos, cámaras bien controladas y diseño modular. Bowser’s Fury intenta convertir esa base en un mini mundo abierto, sin pantallas de carga, con clima dinámico, ciclos de Bowser y más elementos que gestionar a la vez. Es sorprendente lo bien que aguanta en la expansión, pero también se nota que está trabajando al límite, como si fuera un “test” de lo que podría venir en el futuro de Mario.
Conclusión final sobre Super Mario 3D World + Bowser’s Fury
Si te animas con Super Mario 3D World + Bowser’s Fury, lo que vas a encontrar es un juego que entra solo: divertido, lleno de ideas y con ese toque de Nintendo que siempre funciona, pero también con varios “podría haber sido más” que no puedes ignorar. 3D World sigue siendo un plataformas súper sólido, creativo y agradable de jugar, aunque a veces se conforme con ir por el camino fácil. Bowser’s Fury aporta frescura y ambición, pero se queda corto justo cuando empieza a ponerse interesante. Aun así, si te apetece un plataformas que mezcla lo clásico con experimentos nuevos y que te saque una sonrisa casi a cada nivel, este pack te va a dar muy buen rato, siempre que tengas claro que lo que ofrece es genial… pero no su versión más grande o definitiva.

