Imagina esto: estamos en 1999, los polígonos aún no se lucen como hoy, pero el estudio Ubisoft Montpellier (sí, los mismos que luego harían maravillas) decide cambiar el rumbo de la saga Rayman. Pasamos de 2D a 3D, y en lugar de una historia simple de saltos y chiripa, tenemos una invasión de piratas robóticos que esclavizan la Tierra de los Sueños. Lo publica Ubisoft (porque estaban a tope en ese entonces) y sale al mercado ese mismo año-clave: 1999.
Así que prepara tu mando (o teclado si eres un purista), ajusta el volumen alto y despeja el escritorio: en este análisis vamos a destripar por qué Rayman 2 todavía sigue molando tanto —y también dónde le sale algún pelito blanco—. ¡Que empiece el salto épico y el combate contra piratas intergalácticos!

Magia, piratas y caos adorable: así arranca la aventura
Rayman 2 te lanza directo al caos: piratas robóticos han invadido la Tierra de los Sueños, Rayman ha perdido sus poderes y toca recuperar cuatro máscaras mágicas para despertar a Polokus y poner orden. La historia es simple a propósito, y gracias a eso el ritmo es ágil: un nivel estás huyendo de un barco que se derrumba, al siguiente vas montado en un cohete con patas y luego nadando con criaturas marinas gigantes. El juego siempre te tiene haciendo algo distinto antes de que te dé tiempo a pararte a pensar.
Lo que realmente le da vida al viaje son los personajes. Globox, con su torpeza adorable y esa “danza de la lluvia” improvisada, se roba escenas cada vez que aparece. Murfy, por su lado, te va guiando con un humor burlón que parece decirte: “vale, te ayudo… pero me voy a reír un poco”. Esa mezcla de fantasía, compañerismo y chistes absurdos convierte la aventura en algo muy cercano y simpático, a pesar de que el trasfondo sea literalmente una invasión pirata y esclavitud mágica.
Pero bueno, no todo es perfecto. La historia, aunque efectiva, es totalmente lineal y cada objetivo está clarísimo desde el minuto uno. Hay momentos que parecen puestos solo para alargar la aventura, misiones que no cambian gran cosa la trama y que están ahí porque sí. Y el humor, aunque charmant y parte del ADN del juego, no siempre envejece del todo fino: algunas bromas siguen funcionando por lo tontorronas que son… y otras te dejan con cara de “¿qué acabo de ver?”.
Al final, Rayman 2 sigue destacando por su espíritu aventurero: magia, piratas, criaturas raras y un tono que combina inocencia con un puntito de locura muy de finales de los 90. No necesita giros dramáticos para engancharte; le basta con su imaginación, su ritmo y esos personajes que te sacan una sonrisa cada dos por tres.
Biomas, locuras y backtracking: la montaña rusa Rayman
Si algo define a Rayman 2 es que cada nivel se siente como un mini parque temático con su propia idea loca. Pasas de un bosque mágico con ríos que te arrastran, a una ciudad minera llena de jaulas y explosivos, a navegar en barriles sobre lava como si fuera lo más normal del mundo. Casi cada escenario tiene un momento de “wow” que recuerdas años después: el cañonazo que te lanza a media isla, la serpiente marina que usas de taxi acuático, o ese tramo final donde todo va tan a tope que apenas te da tiempo a parpadear. Esa variedad mantiene la aventura fresca y llena de sorpresas.
Ahora, entre tanta diversión también hay un poquito de “¿era necesario?”. El juego te anima a recoger Lums amarillos y liberar Teensies, y aunque al principio tiene gracia explorar rincones, llega un momento en que te das cuenta de que muchos regresos a niveles (el clásico backtracking) no son por pura curiosidad… sino porque el juego te pone una barrera invisible tipo: “te faltan X Lums, vuelve a buscarlos”. Ahí la experiencia pasa de “¡qué guay, secretos!” a “vale, Ubisoft, esto ya es rellenito”. Cuando te obliga a repetir un nivel solo para conseguir ese Lum perdido que estaba flotando en el sitio más tonto, la magia se pincha un poquito.
El ritmo también es curioso: la mayor parte del tiempo es ágil y directo, pero de repente te suelta en un tramo que parece diseñado para sacarte una cana. Hay secciones donde la dificultad pega un subidón sin avisar, como esas plataformas móviles que se mueven caprichosamente o escapes donde un fallo te manda al inicio y te comes toda la secuencia otra vez. No es que el juego se vuelva injusto, pero hay picos de sal que desentonan con el tono general tan juguetón. Y sí, algunos niveles se sienten alargados más de la cuenta, como si el diseñador hubiera dicho: “¡aún nos sobran barriles explosivos, mételos todos!”.
Aun así, con sus pequeñas maldades, el diseño de niveles de Rayman 2 mantiene un encanto brutal. La constante invención, los biomas variados y esos momentazos que te dejan con la boca abierta hacen que, incluso cuando toca volver atrás a por los dichosos Lums, sigas disfrutando del viaje. Pocos plataformas de su época lograron transmitir tanta sensación de aventura cambiando tanto la propuesta en cada mundo.


Control sólido… cámara con ganas de pelea
El control de Rayman en PC es, en general, bastante responsivo: saltas, giras y lanzas tus puñetazos de luz sin mucha complicación. Sin embargo, tiene una inercia peculiar que a veces te hace sentir como si Rayman llevara suelas enjabonadas. Vas corriendo tan pancho, quieres frenar o ajustar un salto milimétrico… y el muñeco decide seguir unos pasitos más porque “¿quién necesita precisión, verdad?”. No rompe la experiencia, pero sí te provoca algún que otro insulto cariñoso hacia la pantalla.
Y ay, la cámara… esa sí que merece su propio diploma de villana secundaria. Hay momentos en los que se comporta de lujo, mostrándote exactamente lo que necesitas ver, como en secuencias más cinemáticas o cuando vas sobre raíles en un viaje loco. Pero basta llegar a una zona estrecha o un salto delicado para que la cámara diga: “Bueno, ahora voy a girar por aquí porque sí, a ver si adivinas dónde está el suelo”. Ese tira y afloja entre tú y la cámara es prácticamente el verdadero jefe final del juego, sobre todo en plataformas flotantes o persecuciones donde no hay margen para dudar.
En el combate, Rayman apuesta por lo simple y directo: apuntas al enemigo, disparas, esquivas un poco y listo. Funciona porque no te distrae del plataformeo, aunque después de varias horas la cosa se vuelve algo rutinaria. Es el típico combate de “vale, otro robot pirata, venga, zas-zas, siguiente”. No está mal, pero tampoco va a ganar premios a la profundidad táctica.
Aun con esas pequeñas “rebeldías”, el control mantiene una base sólida, y cuando todo encaja —Rayman respondiendo perfecto, cámara cooperando, enemigos explotando en chispas— te sientes en una coreografía de acción muy disfrutable. Solo que, de vez en cuando, esa coreografía acaba en un pisotón en falso por culpa de la dichosa cámara que te mira y se ríe bajito…
Estilo que vence al tiempo
Si algo salva a Rayman 2 del paso del tiempo con una sonrisa, es su dirección artística. El juego tira de un estilo cartoon muy marcado que le sienta de maravilla incluso décadas después. No importa que los polígonos sean cuadrados como ladrillos: los colores, las formas redondeadas y ese toque onírico hacen que el mundo se recuerde más por su personalidad que por su potencia técnica. Mientras muchos juegos 3D de finales de los 90 hoy parecen exposiciones de geometría básica, Rayman 2 mantiene una identidad visual muy viva.
Las animaciones son otro punto que le da alma a todo. Rayman se mueve con una elasticidad exagerada y encantadora; Globox parece hecho de gelatina y cada gesto suyo te saca una sonrisa, y hasta los enemigos tienen reacciones caricaturescas cuando reciben tus proyectiles de energía. Ese nivel de expresividad logra que los personajes se sientan reales dentro de su locura, aportando humor y emoción sin necesidad de grandes diálogos ni gráficos hiperrealistas.
Eso sí, hay cositas que hoy cantan un poco. Algunos escenarios se notan vacíos: extensiones amplias con poco detalle, texturas repetidas o elementos colocados de manera muy “noventera”. Es algo que en su época pasaba desapercibido porque todo era nuevo y emocionante, pero ahora se ve claramente que hay zonas que pedían un poco más de vida, más ambientación, más objetos con los que interactuar.
Aun así, la balanza cae completamente del lado bueno: Rayman 2 demuestra que el arte inteligente envejece mejor que los gráficos potentes. Su estética sigue teniendo encanto, y su manera de animar personajes consigue transmitir emociones que muchos juegos actuales aún persiguen.
Niño de los 90 vs jugador moderno
Rayman 2 tiene ese sello clásico de los 90 donde la dificultad no siempre era una ciencia exacta, sino más bien un “a ver qué pasa”. La curva es irregular: puedes pasarte media hora avanzando sin morir ni una vez, y de repente topas con una sección que te exprime los nervios como si fuera el Dark Souls de las plataformas polígonales. Y cuando fallas, hay checkpoints que están perfectamente colocados… y otros que te mandan a repetir media vida. Esa inconsistencia puede pillar por sorpresa a alguien que llega al juego hoy, acostumbrado a reintentos rápidos y puntos de guardado más generosos.
La señalización tampoco siempre es clara. Hay momentos en los que no sabes muy bien si te pide explorar, luchar o buscar un interruptor que está escondido como si Ubisoft quisiera jugar al pilla-pilla contigo. No es algo grave, pero sí hay momentos en que el juego confía demasiado en tu intuición, y si no captas la “lógica Rayman” al instante, puedes dar más vueltas que Globox cuando intenta hacer magia.
Entonces viene la gran pregunta: ¿qué tal juega alguien nuevo hoy en día?
Sorprendentemente, bastante bien… si viene con paciencia instalada de serie. Los controles responden, los retos están chulos y el juego no es obtuso, solo tiene un par de “golpes bajos” que pueden frustrar a quienes esperan un paseo suave. Pero una vez aceptas que algún tramo se va a poner puñetero, la experiencia fluye.
Consejo express para novatos del siglo XXI: no ignores los Lums si no quieres volver a niveles enteros más tarde; experimenta con los saltos antes de tirarte a la piscina (literalmente en algunos casos); y, sobre todo, respira hondo cuando la cámara intente sabotearte, porque sí… lo hará.
Al final, Rayman 2 es accesible en su base —simple de entender, directo, sin mil botones—, pero te recuerda cada tanto que nació en una época donde el juego mandaba y tú obedecías. Hoy puede picar, pero también es parte de su encanto retro-gamer.


Lo que el tiempo no perdona
Cuando juegas la versión de PC de Rayman 2 – The Great Escape descubres rápidamente que fue hecha para otra época. El framerate puede empezar fuerte pero luego se endurece: hay momentos en los que baja de 60 fps a 30 fps sin previo aviso, sobre todo al entrar en zonas más densas o transiciones complicadas. También aparecen bugs clásicos como texturas que no cargan bien o efectos que se comportan extraño en equipos modernos.
Los tiempos de carga y las transiciones son otra muestra de que el juego viene del 99: pasar de un nivel a otro puede llevar más tiempo del que estás acostumbrado ahora y, en algunas configuraciones, minimizar o cambiar de ventana provoca parones que te sacan de la inmersión.
Y hablando de controles modernos: si juegas con teclado puede que note falta de fluidez en los saltos o movimientos finos. Muchos jugadores optan por conectar un mando y así evitar los problemas de mapeo original. También hay parches y wrappers comunitarios que permiten fijar los 60 fps, ajustar resolución o mejorar compatibilidad con Windows actuales. Con un poco de mimo técnico, Rayman 2 sigue siendo jugable hoy sin que la experiencia se convierta en un acto de fe.
El juego no va a engañarte: te dice “soy de otra era” y lo abraza con orgullo. Si te tomas un par de minutos para ajustarlo, puede entregarte la aventura vibrante y encantadora que fue—simplemente exige un poco más de tú para funcionar correctamente con hardware moderno.
Un mundo que suena a fantasía
Si Rayman 2 sigue transmitiendo esa sensación de aventura fantástica incluso hoy, gran parte del mérito es de su música. La banda sonora tiene un aire mágico y atmosférico, capaz de cambiar de un momento épico con percusiones piratas a una melodía suave y misteriosa en un bosque encantado. No busca ser protagonista, pero construye la identidad del mundo a cada paso: te guía emocionalmente sin que lo notes, como un narrador invisible que sabe cuándo pisar fuerte y cuándo desaparecer.
Los efectos de sonido siguen ese estilo caricaturesco tan propio de la saga: explosiones juguetonas, robots piratas con ruiditos mecánicos exagerados, criaturas que hacen chasquidos raros… Todo te recuerda constantemente que estás en un universo de fantasía desenfadada. Y luego está el tema de las “voces”: esos balbuceos en idioma inventado que usan Rayman y compañía. Para muchos es parte del encanto, hace que los personajes se expresen a lo cartoon con solo entonaciones y gestos. Pero hay quien lo siente repetitivo o extraño, sobre todo si esperaba un doblaje tradicional. Es un recurso creativo que divide un poco, pero al final encaja con la propuesta surreal y alegre del juego.
Aunque algunos sonidos se repitan más de la cuenta —los golpes y los gritos de ciertos enemigos pueden volverse un mantra involuntario— la mezcla final consigue mantener el viaje envuelto en una atmósfera única. La música levanta el ánimo, los efectos dan personalidad al mundo y ese idioma imposible le pone la guinda cómica al conjunto. Sostenido por su sonido, Rayman 2 logra lo que pocos: que cierres los ojos y todavía puedas sentir su magia.
Conclusión final de Rayman 2 The Great Escape
Rayman 2: The Great Escape es uno de esos juegos que, aunque le mires las arrugas, sigue teniendo una sonrisa que contagia. La historia es sencilla y directa, pero la viveza de sus personajes y su tono de fábula gamberra lo mantienen vigente. Los niveles son una montaña rusa de creatividad, con ideas locas que siguen sorprendiendo incluso cuando algún Lum se esconde demasiado bien o la dificultad pega un puñetazo sin avisar. El control responde, aunque a veces la cámara te quiera hacer la vida imposible, y su estilo artístico cartoon continúa siendo su mayor escudo contra el paso del tiempo. La música, por su parte, es una varita mágica que hace que cualquier momento se sienta especial. Sí, técnicamente el juego delata su edad: hay bajones, hay vacíos y hay que ponerlo a punto en PC para que funcione como toca. Pero cuando lo hace… ahí está el encanto intacto: un plataformas que te invita a soñar, a reír y a gritarle a la pantalla cuando la cámara decide trollearte. Rayman 2 no pretende ser profundo ni reinventar el medio. Pretende que lo pases bien. Y casi 25 años después, vaya si lo consigue. Es de esos títulos que recuerdas con cariño porque, en su mezcla de magia, humor raro y piratas robóticos, te recordó que jugar es una aventura… y que la risa también forma parte del viaje.

