Dishonored 2 es ese juego que Arkane lanzó para recordarnos que el sigilo podía ser algo más que arrastrarse por pasillos oscuros como un topo con ansiedad. Aquí vuelves a meterte en la piel de Corvo o Emily, dos protagonistas muy finos con cuchillos y poderes raritos, para limpiar el desaguisado político más caótico que ha visto Dunwall desde… bueno, desde el primer juego.
¿Por qué debería importarte? Porque Dishonored 2 es una de esas secuelas que intenta ser “más y mejor” y, sorprendentemente, lo consigue en muchas cosas… aunque también mete la pata en otras con un entusiasmo digno de estudio. Te da una ciudad vibrante, poderes chulísimos y niveles que parecen diseñados por un arquitecto con demasiado café encima. Eso sí: prepárate para convivir con NPCs que tienen la capacidad intelectual de un helecho y decisiones narrativas que a veces parecen escritas un lunes por la mañana.

La historia cumple y entretiene… pero no llega al nivel del primero
La historia de Dishonored 2 arranca con fuerza: golpe de estado, traición, caos político… lo típico que le pasa a Emily cada vez que baja cinco minutos al salón. El planteamiento engancha porque te mete de cabeza en una situación límite y te suelta la responsabilidad de arreglar el marrón, ya sea con gracia y sigilo… o dejando un rastro de cadáveres que ni para compost sirven. Hasta aquí, todo bien.
El ritmo narrativo, sin embargo, va un poco a trompicones. Empieza muy arriba, luego pega un bajón extraño donde la trama desaparece casi por completo detrás del “tour arquitectónico por Karnaca”, y no vuelve a levantar vuelo hasta el final. Entre misión y misión te da la sensación de que la historia está en modo avión, esperando a que llegues al siguiente jefe para recordarte que existe.
Los antagonistas, por su parte, tienen carisma… pero solo sobre el papel. Delilah podría haber sido una villana memorable, una presencia inquietante y retorcida, pero queda relegada a una amenaza decorativa. El resto de enemigos importantes están bien diseñados estéticamente y tienen lore interesante, pero el juego no se molesta mucho en dártelo sin que tengas que ponerte a leer libros como si fuera la biblioteca municipal. Vamos, que hay potencial para villanos de primera, pero Arkane se conforma con que sean secundarios de lujo.
Sobre las decisiones y consecuencias, el juego mantiene el sistema de caos, sí, pero está menos afilado que en el primero. Tus acciones importan, pero la mayoría de consecuencias se sienten superficiales o centradas solo en si eres un psicópata o un ángel del sigilo. Apenas hay decisiones que cambien realmente la historia, más allá de los finales alternativos que, sinceramente, se ven venir a kilómetros.
Y sí, aquí llega uno de los puntos flojos más evidentes: la historia es menos memorable que la del primer Dishonored. No tiene un villano tan sólido, ni un viaje emocional tan marcado, ni ese giro dramático que te dejaba con la ceja levantada. Dishonored 2 apuesta por una narrativa más dispersa, confiando en que el jugador rellene los huecos con exploración. A veces funciona… otras veces sientes que estás leyendo notas en cajones para entender qué demonios está pasando.
Es una trama con muy buena base, pero ejecutada con altibajos. Mucha promesa, poco remate. Arkane brilla en diseño, pero en historia… aquí se quedó un poquito dormido en el sofá.
El arte es de diez aunque la técnica un aprobado raspado
Si hay algo que Arkane siempre clava es el estilo artístico, y Dishonored 2 no es la excepción. Karnaca es una ciudad que parece sacada de un cuadro al óleo lleno de sol, polvo y decadencia elegante. Cada callejuela, cada balcón roñoso y cada edificio medio comido por la sal del mar tiene una personalidad increíble. Esto no es “realista”, es estilizado con mala leche, y funciona de maravilla.
La dirección de arte vuelve a ser el as bajo la manga: personajes con ese diseño anguloso tan característico, interiores llenos de detalles, iluminación teatral… Da igual que estés en un mercado lleno de vida o en un palacio plagado de guardias inútiles: el juego se ve precioso a nivel conceptual. Arkane aquí demuestra que puede competir con producciones más tochas sin necesidad de 4K fotorealista.
Pero claro, luego llega la parte donde se le ven las costuras, y no pocas. Las texturas a veces parecen sacadas del primer Dishonored y recicladas a toda prisa. Hay rincones donde ves clarísimamente que dijeron “meh, así se queda”. Más de un objeto parece tener una resolución bastante baja. Y si jugaste en PC de lanzamiento… mis condolencias, porque el rendimiento fue un drama digno de telenovela: caídas bruscas, stuttering, configuraciones que no arreglaban nada.
En consola la cosa está más estable, pero aun así hay momentos en los que el motor sufre un poquito más de lo que debería. Nada que rompa la experiencia, pero sí lo suficiente como para recordarte que la belleza del juego viene más de su arte que de su técnica.
Dishonored 2 entra por los ojos como un campeón gracias a su personalidad visual única, pero cuando te acercas demasiado… notas que bajo la pintura hay grietas.


La jugabilidad de Dishonored 2 es de lo mejorcito en cuanto al sigilo se refiere
Aquí es donde Dishonored 2 saca pecho… y también donde más se tropieza. Porque sí, hay muchísimo que aplaudir, pero también varias cositas que te hacen levantar la ceja.
Para empezar, la libertad de abordaje es una maravilla. Puedes jugar en modo ninja zen sin que nadie te vea ni el flequillo, o puedes convertir Karnaca en un festival sangriento digno de una carnicería en Black Friday. Los poderes añaden capas brutales de creatividad, sobre todo si juegas con Emily; hay combinaciones que te hacen sentir un genio del caos… aunque también hay momentos donde algunos poderes están tan rotos que el juego parece decirte: “mira, haz lo que quieras, yo ya me rindo”.
El diseño de niveles es prácticamente de museo. Arkane domina esta parte como nadie: rutas alternativas, verticalidad, escondites, secretos, accesos absurdamente ingeniosos… Cada misión es un playground para probar ideas locas, y funciona de maravilla. De verdad, aquí no hay queja: esto está al nivel de lo mejor del género.
La IA enemiga no es un desastre ni mucho menos; de hecho, está calibrada para que el sigilo sea desafiante sin volverse un festival de frustración. Si los guardias fueran unos genios tácticos, Dishonored 2 sería directamente injugable para cualquiera que no sea un ninja profesional. El juego te da margen para equivocarte, para reposicionarte y para ser creativo sin sentir que cada paso en falso es una sentencia de muerte.
Eso sí, aunque la IA cumple su función, también tiene sus momentos raros. Hay ocasiones en las que reaccionan un pelín tarde o tardan en conectar las piezas, algo que claramente está diseñado para favorecer el sigilo… pero que a veces canta un poquito. Nada grave, ni rompe el ritmo, simplemente notas que el juego prioriza la experiencia sigilosa sobre el realismo extremo.
El combate es correcto, pero tampoco esperes mucha finura. Cuando todo es caótico, fluye bien; cuando intentas pelear con precisión, se siente torpe, como si el juego quisiera recordarte que esto está pensado para el sigilo, no para la danza de espadas. En cambio, el parkour sí es más agradecido: moverte por tejados, barandillas y balcones es rápido y fluido, aunque hay momentos en los que el personaje se engancha donde no debe o decide saltar hacia su muerte por pura rebeldía.
Dishonored 2 es un caramelito jugable lleno de opciones, creatividad y libertad, pero empañado por enemigos que a veces están de prácticas y un combate que cumple sin brillar. La esencia está ahí, es divertidísimo… pero le falta un poquito de pulido para ser perfecto.
Los poderes que obtienes te hacen sentir un dios
Aquí es donde Dishonored 2 se desata del todo. Los poderes de Emily y Corvo no solo amplían lo visto en el primero, sino que permiten jugar con la creatividad del jugador de formas que rozan lo absurdo… y lo glorioso. Emily trae un set más experimental y elegante, mientras que Corvo mantiene la esencia clásica, más directa y letal. Ambos estilos funcionan de maravilla y le dan una personalidad distinta a cada partida.
La originalidad está a tope. Emily tiene habilidades como Dominó, Hipnosis o Doble Fantasmal, que te invitan a montar auténticas travesuras sobrenaturales. Corvo, por otro lado, sigue siendo el rey del sigilo agresivo: Guiño combinado con Detener el Tiempo es prácticamente una licencia para reescribir las leyes de la física a tu favor. El juego te da herramientas para hacer cosas muy locas, y eso es parte esencial de su encanto.
Las sinergias entre poderes están tan bien pensadas que a veces te preguntas si Arkane diseñó esto sobrio o después de una tormenta de ideas con alcohol y pizza a las cuatro de la mañana. Dominó + Paso Sombrío, Doble Fantasmal + Dominó, Guiño + Ráfaga… Hay combinaciones que convierten a Emily y Corvo en auténticos arquitectos del caos. Y cuando el sigilo se mezcla con la física del juego, salen momentos prácticamente cinematográficos.
Pero, claro, tanta libertad tiene un precio: algunos poderes están tan rotos que directamente trivializan situaciones enteras. Dominó, te miro a ti. Con un poco de práctica, puedes borrar salas enteras sin que los guardias sepan ni quién les ha peinado el alma. Es divertido, sí, pero también resta algo de desafío si te apoyas demasiado en él.
Luego están las habilidades que se quedan en adorno, esas que pillas “por tener”, pero que al final no tocas ni aunque te paguen. Algunos upgrades pasivos no aportan gran cosa, y hay poderes que palidecen frente a los más útiles. No es que sean malos, simplemente no brillan igual cuando tienes opciones que literalmente controlan la gravedad o enlazan el destino de varios enemigos con una cuerda invisible.


Corto pero intenso… si tienes paciencia para repetirlo
La campaña de Dishonored 2 no es precisamente larga. Si vas a ritmo normal, sin obsesionarte con saquear hasta el último cajón, te la puedes terminar en unas 10–12 horas tranquilamente. Si encima no eres de leer notas o de explorar cada rincón de Karnaca, incluso menos. Pero ojo: esa brevedad no es necesariamente mala; el juego está pensado para ir al grano y que cada misión tenga personalidad propia.
La rejugabilidad, eso sí, es donde Arkane intenta venderte el “verdadero valor” del juego. Y, en parte, lo consigue. Con dos personajes que tienen poderes distintos, varias formas de afrontar cada nivel (letales, no letales, en modo fantasma, caos total…), rutas alternativas y elecciones puntuales, Dishonored 2 se presta a ser rejugado. Y cuando vuelves a una misión con otro enfoque, descubres que realmente cambia la experiencia.
Ahora bien… ¿compensa repetirlo? Depende de tu paciencia y de cuánto te guste experimentar. La libertad del gameplay es suficiente para disfrutar tres o cuatro partidas sin aburrirse. Pero la estructura se puede sentir un pelín repetitiva: mismos escenarios, mismas rutinas de guardias y mismas misiones. Solo que ahora pruebas otro poder o decides matar a todo el mundo.
La rejugabilidad está ahí, es real y está bien diseñada, pero también requiere que tú mismo pongas el interés. No es de esos juegos que te sorprenden cada vez que lo repites; más bien es un juguete de sandbox muy afinado que brilla si te gusta retorcer sus sistemas y buscar maneras creativas de resolver situaciones.
Conclusión final sobre Dishonored 2
Dishonored 2 es uno de esos juegos que, cuando funciona, brilla con una personalidad que ya quisieran muchos AAA modernos. Su diseño de niveles es una clase magistral, la estética es una delicia y los poderes te permiten jugar como un auténtico artista del caos o del sigilo absoluto. Es de esos títulos que, en sus mejores momentos, te hacen sentir que estás viviendo una experiencia pensada con cariño y con cerebro. Pero claro, no es perfecto. La historia no llega al nivel del primero, algunas habilidades están tan rotas que casi te suplican que abuses de ellas, y hay detalles técnicos que chirrían más de lo que deberían. A ratos notas que Arkane puso todo su talento en el diseño y la estética… y dejó otras áreas un poco de lado. Aun así, lo recomiendo sin dudar si te gustan los juegos de sigilo, si disfrutas explorando niveles llenos de rutas ocultas o si eres de los que se emocionan al encontrar una sinergia absurda entre dos habilidades. Dishonored 2 es creativo, elegante y único. No será perfecto, pero tiene algo que pesa más que la perfección: identidad propia. Es un juego que merece ser jugado (y quizás incluso rejugado), aunque también te hará levantar alguna ceja de vez en cuando. Una joya con carácter, con bordes irregulares… pero joya al fin y al cabo.

