A simple vista, Hollow Knight parece ese tipo de juego indie adorable que te acompaña en tardes tranquilas, con su protagonista cabezón y sus bichitos monos revoloteando por ahí. Pero no te dejes engañar: detrás de esa estética tierna se esconde un agujero negro de frustración, sudor y redención que te va a hacer replantearte tus habilidades como jugador… y quizá tu estabilidad emocional.
Aquí no hay tutoriales que te tomen de la mano ni personajes que te digan por dónde ir. Hollow Knight te suelta en medio de un mundo decadente y te dice: “búscate la vida, campeón”. Y tú, ingenuamente, lo haces… hasta que te das cuenta de que llevas tres horas intentando volver al banco más cercano sin morir por culpa de una avispa con complejo de ninja.
Lo que empieza como una aventurita de exploración se convierte en un rito de paso gamer. De esos que separan a los que juegan por diversión de los que disfrutan sufrir con clase. Es oscuro, melancólico, y cada zona del mapa parece diseñada para recordarte que en Hallownest no eres el héroe: eres otro pobre desgraciado más que intenta no morir aplastado por un escarabajo gigante.
Y sin embargo… no puedes dejarlo. Porque cada derrota duele, pero cada victoria sabe a gloria pura. Hollow Knight no solo te castiga: te enseña, te tienta y te recompensa con una de las experiencias más intensas que vas a tener en 2D.

Hollow Knight es belleza en estado de putrefacción
Pocas veces un juego logra que te sientas deprimido y a la vez maravillado. Hollow Knight lo hace sin despeinarse. Desde el primer paso en Hallownest, entiendes que la belleza y la tristeza van de la mano, como si Tim Burton se hubiera ido de vacaciones con Miyazaki y hubieran decidido hacer un metroidvania con depresión artística.
El diseño visual es una delicia: todo está dibujado a mano, con líneas suaves, sombras profundas y animaciones que parecen flotar entre la vida y la muerte. Cada criatura, desde los enemigos más ridículos hasta los jefes más intimidantes, tiene un movimiento orgánico que da personalidad incluso a los bichos que te matan por accidente (o por deporte).
El contraste es brutal: entornos preciosos, melodías melancólicas… y cadáveres por todas partes. Cada zona tiene su identidad: la serenidad azul de Ciudad de Lágrimas, el brillo enfermizo del Sendero Verde, el toque infernal de la Cumbre de Cristal. Todo te atrapa, aunque no sepas si admirarlo o salir corriendo.
Y ahí entra la música. Christopher Larkin compuso una banda sonora que parece hablarte sin decir una palabra. No necesitas diálogos: las notas cuentan la historia. Cuando llegas a una nueva zona, el tema cambia y te da una pista emocional antes de que el entorno te lo diga visualmente. Es un lenguaje silencioso, pero cargado de intención.
Hollow Knight logra algo increíble: crear un mundo deprimente y hermoso al mismo tiempo. Un lugar donde el silencio cuenta más que las palabras, y donde la oscuridad no asusta… seduce.
Aprende o muere (y muere, y muere otra vez)
En Hollow Knight no hay medias tintas: o aprendes, o mueres. Y si mueres… bueno, vas a hacerlo tantas veces que acabarás desarrollando una relación íntima con el suelo. Pero lo bonito es que el juego nunca es injusto, solo extremadamente exigente. Te castiga, sí, pero siempre con una lección escondida detrás del golpe.
El control es una maravilla: preciso, fluido y con ese punto de peso que hace que cada salto importe. Cuando mueres, sabes que fue tu culpa. Y esa es la clave: Hollow Knight te enseña a base de dolor, pero con elegancia.
Los combates se sienten como un baile macabro entre paciencia y reflejos, donde un error cuesta caro y un acierto se celebra como si hubieras ganado la Champions.
La progresión es puro metroidvania clásico: exploras, desbloqueas habilidades, vuelves a zonas anteriores, descubres rutas secretas que te hacen decir “¿cómo no he visto esto antes?”. Cada mejora —desde el dash hasta el wall jump— no solo amplía tu movilidad, sino que te hace sentir que realmente estás creciendo como jugador.
Y luego están los amuletos, esas pequeñas piezas de diseño brillante que convierten cada build en algo personal. ¿Quieres ser una máquina de matar a corta distancia o un brujo de energía espiritual? Adelante. ¿Quieres ponerte amuletos absurdos y probar suerte? También vale. El sistema te deja experimentar sin romper el equilibrio del juego (aunque algunos combos te hacen sentir casi culpable de lo roto que estás).
Pero no todo es miel en el abismo. Hollow Knight tiene un pequeño fetiche con el backtracking. Habrá momentos en que recorrerás medio mapa solo para abrir una puerta que olvidaste diez horas atrás. Y los puntos de guardado (esos banquitos que se vuelven tu salvación espiritual) a veces están tan mal colocados que parece que Team Cherry se burlara de ti a propósito.
Aun así, la jugabilidad es tan adictiva que, incluso cuando maldices, no puedes parar. Cada nueva habilidad, cada jefe superado, cada atajo descubierto… te hace sentir que sobrevivir en Hallownest no es solo un reto, es un mérito personal.


El lore es puro silencio, misterio y dolor existencial
Contarte la historia de Hollow Knight sin spoilers es fácil: eres un bichito que explora un reino muerto.
Contártela con sentido, en cambio, es otro asunto. Porque Hollow Knight no te da respuestas, te da migajas. Y tú, como buen jugador masoquista, te pasas horas persiguiéndolas para intentar entender qué demonios pasó en Hallownest.
Aquí no hay cinemáticas épicas ni NPCs que suelten discursos de media hora. Lo que hay es silencio, ruinas y ecos de algo que ya fue. El juego confía en ti para reconstruir la historia con lo que ves, lees o simplemente sientes.
Esa es su genialidad: Hollow Knight no te cuenta un relato, te lo hace vivir. Cada zona, cada enemigo, cada banco abandonado cuenta un pedazo de una tragedia mucho más grande que tú.
La narrativa ambiental está tan bien construida que acabas entendiendo el drama sin que nadie lo diga: un reino glorioso, consumido por su propio orgullo, ahora lleno de restos, polvo y criaturas sin alma. Y tú, un extraño sin voz, metido hasta las antenas en medio de todo eso, intentando encontrarle sentido.
Pero claro, tanta sutileza tiene su precio. Si no eres de los que disfrutan leyendo entre líneas o mirando teorías en Reddit, te vas a perder el 40% del lore. Hay momentos en que Hollow Knight se pasa de críptico, como si Team Cherry hubiera decidido esconder la trama principal detrás de un acertijo que solo un arqueólogo gamer podría resolver.
Eso sí, cuando las piezas encajan, el impacto es brutal. Todo el sufrimiento, la soledad y la decadencia cobran sentido. No es solo un juego sobre bichos tristes: es una reflexión sobre el sacrificio, la herencia y lo que queda cuando la esperanza se pudre.
Hollow Knight no necesita hablar para decirte cosas. Te las susurra entre ecos y sombras. Y si estás dispuesto a escuchar, descubrirás una historia tan triste y hermosa que te perseguirá incluso después de apagar la consola.
El juego te odia con estilo
Hay juegos difíciles… y luego está Hollow Knight, que no solo te hace sufrir, sino que te hace disfrutar del sufrimiento. No te odia sin motivo: lo hace con arte, con elegancia, como un villano que te apuñala pero antes te sirve una copa de vino.
Los jefes son el alma del juego. Cada uno tiene personalidad, ritmo y presencia. No hay dos combates iguales: algunos son pura danza, otros son caos absoluto. Pero todos, absolutamente todos, están diseñados para ponerte al límite.
Ahí tienes a Hornet, que no solo te da una paliza, sino que te juzga mientras lo hace. O los Mantis Lords, un duelo tan justo y tan bien coreografiado que sientes respeto incluso cuando mueres por trigésima vez. Cada jefe tiene una lectura: uno te enseña paciencia, otro agresividad, otro humildad (esa que pierdes al minuto siguiente).
La variedad de patrones es impresionante: ataques en cadena, proyectiles, zonas que se cierran, jefes dobles, triples, y en algunos casos… pesadillas que no deberían existir (hola, Radiance, te odiamos con cariño). Y cuando por fin logras vencerlos, no sientes alivio: sientes trascendencia. Es como superar un examen de la vida.
Visualmente, cada jefe es una obra maestra de animación. No hay florituras innecesarias, solo movimiento puro y significado. Cada golpe tiene peso, cada sonido está medido, y la música acompaña con precisión quirúrgica. La banda sonora se convierte en tu metrónomo emocional: cuando sube, sabes que se acerca el caos; cuando calla, sabes que algo gordo viene.
Ahora, seamos sinceros: hay picos de dificultad que rozan la crueldad. Algunas zonas opcionales parecen diseñadas para que reconsideres tus decisiones vitales. Team Cherry se pasó un poco con ciertos jefes opcionales, esos que te hacen dudar si de verdad querías completar el 100%. Pero incluso ahí, el juego mantiene su coherencia: nunca te gana con trampas, te gana porque te supera.
Al final, Hollow Knight convierte cada batalla en un ritual de respeto. No estás luchando solo contra un enemigo, sino contra ti mismo: tu impaciencia, tu ego, tu falta de reflejos.
Y cuando por fin lo logras, te das cuenta de que el juego no te odiaba… te estaba entrenando. Con estilo, claro.
Te pierdes, te desesperas… y aun así quieres seguir cavando más profundo
Explorar Hollow Knight es como abrir una caja de chocolates en el infierno: todo parece delicioso hasta que uno te explota en la cara. Desde el primer salto en Hallownest, el juego te deja claro que no hay GPS, no hay flechitas, no hay “por aquí, campeón”. Estás solo, y lo único que te guía es tu curiosidad (y tus gritos de frustración).
El diseño del mapa es una joya retorcida. Cada zona se conecta con otra de manera tan inteligente que, cuando finalmente entiendes cómo encaja todo, te sientes como un genio… aunque hayas tardado tres horas y media en encontrar el camino.
El mundo está vivo, interconectado y lleno de secretos, con pasillos que se abren al dominar nuevas habilidades, rutas ocultas tras paredes falsas y NPCs que aparecen donde menos los esperas. Esa sensación constante de “¿qué habrá más allá?” es adictiva.
Y entonces llega el trauma del mapa. En un gesto de puro sadismo creativo, Hollow Knight te suelta sin brújula, sin referencias y con un sistema de mapeo manual que parece diseñado para humillarte. Hasta que no encuentras a Cornifer (ese adorable cartógrafo con alma de troleador profesional), no sabes ni dónde estás ni a dónde vas. Y claro, él siempre está tarareando felizmente… al otro lado del mapa.
Una vez dominas el sistema, eso sí, explorar se vuelve un placer enfermizo. Cada mejora (como el pin de posición o el fast travel con los ciervos) se siente como un logro real, casi un alivio espiritual. Porque Hollow Knight no te da nada gratis: todo lo que consigues, lo ganas con esfuerzo y un poco de locura.
No todo es perfecto, claro. Hay momentos en los que la falta de guía se pasa de romántica a frustrante, especialmente cuando das vueltas en círculos sin saber que el camino estaba escondido detrás de una pared sospechosamente decorativa. El diseño laberíntico puede llegar a agotar, sobre todo en las primeras horas, donde Hallownest parece más un castigo divino que un lugar por explorar.
Pero una vez lo aceptas, te atrapa. Hollow Knight convierte perderse en una forma de arte. Cada descubrimiento, cada atajo, cada nuevo banco desbloqueado te da esa microdosis de dopamina que solo un buen metroidvania puede ofrecer.
Al final, no exploras Hallownest: Hallownest te explora a ti, te desorienta, te devora… y aun así, te deja con ganas de seguir bajando un poco más.


Hollow Knight te rompe el corazón sin decir una palabra
Si Hollow Knight tuviera voz, sería la de su banda sonora. Y el culpable de que sientas nostalgia por un reino de insectos muertos es Christopher Larkin, ese genio que logró componer tristeza, esperanza y eco al mismo tiempo.
Desde el primer acorde, la música te envuelve. No busca ser épica ni grandilocuente; es emocional, íntima, casi espiritual. Cada zona tiene su propio pulso: las notas acuosas de Ciudad de Lágrimas, el misterio vibrante de Greenpath, el tono solemne de Resting Grounds. Es como si cada melodía fuera el fantasma de lo que Hallownest alguna vez fue.
Larkin no solo acompaña el juego: lo dirige emocionalmente. En los combates, su música no sube el volumen porque sí; te marca el ritmo, te hace sentir la presión sin volverse ruido. En los momentos de descanso, los acordes se vuelven cálidos y vulnerables, casi como si el juego te acariciara el alma después de destrozarte los nervios.
Y aunque parezca mentira, Hollow Knight logra que el silencio pese tanto como las notas. Hay zonas donde no suena nada, y ese vacío te habla más fuerte que cualquier orquesta. Es el tipo de diseño sonoro que no busca entretenerte, sino hacerte sentir solo.
Ahora, siendo justos: sí, algunas pistas se repiten más de lo que deberían. Si te atascas (y te vas a atascar), esa melodía tan bonita que te encantaba al principio se convierte poco a poco en un pequeño castigo psicológico. Pero incluso ahí, el juego consigue que la música no canse: se vuelve parte del proceso, una especie de mantra de sufrimiento elegante.
Al final, la banda sonora de Hollow Knight no solo acompaña la experiencia: la define. Es un viaje emocional que te guía sin palabras, te consuela cuando caes y te recuerda (con cada nota) que incluso en la oscuridad más profunda, hay belleza. Triste, sí. Pero belleza al fin y al cabo.
Conclusión final sobre Hollow Knight
Hollow Knight no es solo un juego: es una experiencia emocional disfrazada de tortura entomológica. Te hace sufrir, te frustra, te humilla… y aun así, cuando termina, solo puedes decir: “¿y si empiezo otra partida?”. Ese es su poder: convertir el dolor en arte. Todo en Hallownest (su silencio, su dificultad, su belleza marchita) está diseñado para que sientas algo real. Cada caída enseña, cada victoria emociona, y cada nota te recuerda por qué este metroidvania sigue siendo el estándar de oro del género. Así que sí: gracias, Team Cherry, por arruinarme los nervios… pero también por curarme el alma.

